martes, septiembre 22, 2009

La reputación de Arreola



Yo soy de la tierra que vio nacer a Juan José Arreola, un jalisciense como Juan Rulfo; miembros ambos de la generación de escritores que transformó la literatura mexicana y la puso dentro del panorama mundial. Juan José Arreola fue el escritor que con mayor libertad permitió que la imaginación se desbordara de su cauces y dio vida a una literatura novedosa y sorprendente.

Lo que más me agrada de Arreola es como de algo tan simple -que le puede ocurrir a cualquiera- crea una gran historia que saca a flote un montón de emociones; tal es el caso de este cuento que reproduzco, que a mi me ha gustado mucho, pero me recuerda que en la actualidad es muy muy raro toparse con un caballero.


Una reputación
Juan José Arreola

La cortesía no es mi fuerte. En los autobuses suelo disimular esta carencia con la lectura o el abatimiento. Pero hoy me levanté de mi asiento automáticamente, ante una mujer que estaba de pie, con un vago aspecto de ángel anunciador.


La dama beneficiada por ese rasgo involuntario lo agradeció con palabras tan efusivas, que atrajeron la atención de dos o tres pasajeros. Poco después se desocupó el asiento inmediato, y al ofrecérmelo con leve y significativo ademán, el ángel tuvo un hermoso gesto de alivio. Me senté allí con la esperanza de que viajaríamos sin desazón alguna.


Pero ese día me estaba destinado, misteriosamente. Subió al autobús otra mujer, sin alas aparentes. Una buena ocasión se presentaba para poner las cosas en su sitio; pero no fue aprovechada por mí. Naturalmente, yo podía permanecer sentado, destruyendo así el germen de una falsa reputación. Sin embargo, débil y sintiéndome ya comprometido con mi compañera, me apresuré a levantarme, ofreciendo con reverencia el asiento a la recién llegada. Tal parece que nadie le había hecho en toda su vida un homenaje parecido: llevó las cosas al extremo con sus turbadas palabras de reconocimiento.


Esta vez no fueron ya dos ni tres las personas que aprobaron sonrientes mi cortesía. Por lo menos la mitad del pasaje puso los ojos en mí, como diciendo: "He aquí un caballero". Tuve la idea de abandonar el vehículo, pero la deseché inmediatamente, sometiéndome con honradez a la situación, alimentando la esperanza de que las cosas se detuvieran allí.


Dos calles adelante bajó un pasajero. Desde el otro extremo del autobús, una señora me designó para ocupar el asiento vacío. Lo hizo sólo con una mirada, pero tan imperiosa, que detuvo el ademán de un individuo que se me adelantaba; y tan suave, que yo atravesé el camino con paso vacilante para ocupar en aquel asiento un sitio de honor. Algunos viajeros masculinos que iban de pie sonrieron con desprecio. Yo adiviné su envidia, sus celos, su resentimiento, y me sentí un poco angustiado. Las señoras, en cambio, parecían protegerme con su efusiva aprobación silenciosa.


Una nueva prueba, mucho más importante que las anteriores, me aguardaba en la esquina siguiente: subió al camión una señora con dos niños pequeños. Un angelito en brazos y otro que apenas caminaba. Obedeciendo la orden unánime, me levanté inmediatamente y fui al encuentro de aquel grupo conmovedor. La señora venía complicada con dos o tres paquetes; tuvo que correr media cuadra por lo menos, y no lograba abrir su gran bolso de mano. La ayudé eficazmente en todo lo posible; la desembaracé de nenes y envoltorios, gestioné con el chofer la exención de pago para los niños, y la señora quedó instalada finalmente en mi asiento, que la custodia femenina había conservado libre de intrusos. Guardé la manita del niño mayor entre las mías.


Mis compromisos para con el pasaje habían aumentado de manera decisiva. Todos esperaban de mí cualquier cosa. Yo personificaba en aquellos momentos los ideales femeninos de caballerosidad y de protección a los débiles. La responsabilidad oprimía mi cuerpo como una coraza agobiante, y yo echaba de menos una buena tizona en el costado. Porque no dejaban de ocurrírseme cosas graves. Por ejemplo, si un pasajero se propasaba con alguna dama, cosa nada rara en los autobuses, yo debía amonestar al agresor y aun entrar en combate con él. En todo caso, las señoras parecían completamente seguras de mis reacciones de Bayardo. Me sentí al borde del drama.


En esto llegamos a la esquina en que debía bajarme. Divisé mi casa como una tierra prometida. Pero no descendí incapaz de moverme, la arrancada del autobús me dio una idea de lo que debe ser una aventura trasatlántica. Pude recobrarme rápidamente; yo no podía desertar así como así, defraudando a las que en mí habían depositado su seguridad, confiándome un puesto de mando. Además, debo confesar que me sentí cohibido ante la idea de que mi descenso pusiera en libertad impulsos hasta entonces contenidos. Si por un lado yo tenía asegurada la mayoría femenina, no estaba muy tranquilo acerca de mi reputación entre los hombres. Al bajarme, bien podría estallar a mis espaldas la ovación o la rechifla. Y no quise correr tal riesgo. ¿Y si aprovechando mi ausencia un resentido daba rienda suelta a su bajeza? Decidí quedarme y bajar el último, en la terminal, hasta que todos estuvieran a salvo.


Las señoras fueron bajando una a una en sus esquinas respectivas, con toda felicidad. El chofer ¡santo Dios! acercaba el vehículo junto a la acera, lo detenía completamente y esperaba a que las damas pusieran sus dos pies en tierra firme. En el último momento, vi en cada rostro un gesto de simpatía, algo así como el esbozo de una despedida cariñosa. La señora de los niños bajó finalmente, auxiliada por mí, no sin regalarme un par de besos infantiles que todavía gravitan en mi corazón, como un remordimiento.


Descendí en una esquina desolada, casi montaraz, sin pompa ni ceremonia. En mi espíritu había grandes reservas de heroísmo sin empleo, mientras el autobús se alejaba vacío de aquella asamblea dispersa y fortuita que consagró mi reputación de caballero.



sábado, septiembre 19, 2009

Dádiva


Puedes quedarte esperando
a que una mañana deje de llover
y entonces salir a recoger las piedras
de tu eterna agonía.

Puedes cerrar la ventana
y escapar de todo lo que hay
detrás de estas cuatro paredes
sin saber que la vida no es tuya.

O puedes salir y mojarte...
Aquí estoy yo, esperándote.


-.-








Matinal

En el vaivén de las olas
descansan mis brazos
y tocan memorias
que saben a sal.

A la deriva flotan

dormidos, vencidos...

Los quema el sol,

los hiere el viento,
viajan en silencio
(sopor, letargo...)
revienta el ocaso,
(brisa marina...)
los barcos se van.

Mis brazos serenos

se dejan llevar
para ya no ser cuerpo
ni leve recuerdo.

Amanece el tiempo...

Mis brazos despiertos
ahora son arena
y espuma de mar. 

 ~



viernes, septiembre 18, 2009

Hoy estoy de cumple




Hace 3 añitos que me dio por abrir un blog, sin nada interesante que contar y muy poco tiempo para postear, con la única intención de saber cómo se manejaba una "cosa de estas". Y se aprende mucho, sí como no... No deja de sorprenderme cada día lo que el Internet hace por las personas.


A quien haya pasado por aquí, espero haberle compartido algo, si no interesante, por lo menos de utilidad.

¡Gracias!

jueves, septiembre 17, 2009

viernes, septiembre 04, 2009

A partir de ti

Ellos
tan locos y silentes
revolcándose en la niebla
de las antiguas pasiones
de los callados recuerdos...

Y son simulacros los días sin sol...

Cuando llegaste pasivo
sin mirar las ansias
de mi profunda muerte
le dijiste adiós al cuerpo
le pusiste trampas
a una flor
para renacer en los albores
de una tibia noche
tímida y reveladora
oscura y sabia
más voluble que la noche anterior.

Eran segundos las horas
admirando el nuevo rostro
que hoy ha robado mis sentidos.
Una caricia lenta
y tus manos sobre las mías

después, el silencio...

después el beso...
el entero beso eterno
que aún me embriaga...

luego la luz...

luego la historia...